domingo, 13 de febrero de 2011

Entrevista con Lito Cruz (Revista Now)


El teatro de los sueños

La historia de un hombre está hecha de una esencia que se relaciona con sus circunstancias. Lito Cruz es aquel chico de Berisso, es el rey Lear y San Martín, es actor, director, profesor; es un hombre de teatro. Expresa una idiosincrasia personal que se nutre de las experiencias de la vida y del arte.

 Alguna vez el maestro Tabárez, actual técnico de la selección uruguaya de fútbol, dijo que “la patria es la infancia”. ¿Qué recuerdos tenés de tu niñez?
-         Yo creo que el infante recibe todas las impresiones que lo van a marcar durante toda su vida, a través de la educación, de la pertenencia a una etnia, por su propio ADN, etc. Uno de chico jerarquiza cosas de la realidad. Por ejemplo, alguien jerarquiza los sonidos –un tenedor es sol– y, con el tiempo, esos sonidos, que son las impresiones, pugnan por salir en la época de la expresión, y el tipo se convierte en un músico.

¿Cómo era tu mundo en Berisso?
-         Era el mundo de las conductas humanas. Imaginate… un lugar como Berisso, en donde había 74 colectividades; cada una tratando de rescatar y conservar sus orígenes por medio del canto, del baile, de la religión, de la música, de la manera de danzar y del lenguaje. Ellos querían rescatar sus raíces de la guerra por la que llegaron a la ciudad, huyendo del hambre y del peligro de muerte. Y lo hicieron por medio del teatro, del espectáculo, de la celebración y de la ceremonia. Durante mi infancia en Berisso, creo que jerarquicé las conductas humanas. Esas conductas pugnan por salir, y el arte es la expresión de las impresiones de la vida.

¿De qué manera te vinculaste al teatro?
-         No fue algo consciente. A los 15 años, simplemente fui al Hogar Social en la calle Nueva York de Berisso. Había un grupo de teatro y me anoté, pero, al principio, no lo elegí como forma de vida. Creo que el teatro me fue eligiendo a mí. Terminé la escuela secundaria y empecé Arquitectura, mientras hacía teatro. Poco a poco y sin darme cuenta, tomé al teatro como el eje central de lo que iba a elegir como disciplina de vida. Empecé con la actuación, después se fueron agregando la energía de aprender, la dirección, la enseñanza, y así me terminé vinculando con todo el espectro teatral: la escenografía, las luces, la música, etc. De alguna forma, me llené de teatro, para que mi trabajo como actor sea un engranaje más de todo ese mundo.

Cuenta el recuerdo que en la calle Nueva York de Berisso había un bar en donde Lito Cruz era mozo. En un frigorífico cercano trabajaba Federico Luppi, quien era un parroquiano habitual del lugar y, entre charla y charla, le transmitió la pasión por el teatro y su rol social. Al respecto Lito nos cuenta:

De ahí fue mi ingreso al movimiento teatral independiente de toda la Argentina, donde se tenía la convicción de que el teatro estaba cumpliendo una función social. El teatro apareció como un movimiento contestatario a los procesos de gobierno, a las dictaduras, a una cantidad de cosas que generaban una mirada diferente sobre la realidad que se vivía en el país.

¿Cómo siguió el proceso formativo con tu viaje al Instituto Universitario de Chile?
-         Me fui a Perú a hacer un poco de televisión. Después vi un espectáculo extraordinario que se llamaba ¿Quién le teme a Virginia Woolf? de Agustín Siré, un actor monumental. Siré estaba veinte minutos sin hablar sobre el escenario, y yo me preguntaba: “¿Cómo hace para tener tanto interés?”. Le pregunté y me contestó: “Y nada… pienso”. Me di cuenta de que el pensamiento era algo palpable, una energía que está en el escenario, que aunque no se ve, se siente. Quise estudiar con él, y me invitó al teatro de la Universidad de Chile (ITUCH), la escuela más importante de Latinoamérica. Me tomó el examen Víctor Jara, mi profesor de actuación durante mi primer año. Jara consolidó en mí la idea de que el teatro realmente tiene una función social, como él la tenía como músico y autor de sus canciones. Él me contagió la idea de que uno se tiene que pensar como artista y, por eso, tiene que hacer un trabajo de técnica permanente. Dado que lo que uno hace está destinado a la sociedad, tenés que poner el granito de arena para ser útil al proceso de pensamiento que tiene la sociedad sobre ella misma. Creo que el teatro es el lugar donde la gente “se piensa a sí misma” al verse reflejada en el escenario.  

En Buenos Aires, forma parte del grupo experimental de teatro (ETEBA), que comparte con Augusto Fernández, Carlos Moreno, Héctor Bidonde, Helena Tritek y Franklin Caicedo, entre otros. Nace la obra La leyenda de Pedro, en la que Lito hace de Peer Gynt y sale de gira a los festivales de Florencia, Berlín, Nancy. Posteriormente es becado y estudia con Lee Strasberg, quien lo lleva a la famosa escuela de teatro Actors Studio.

¿Cómo fue el proceso para encontrar tu manera de contar historias?
- Fue un proceso paulatino en el que pude mezclar la realidad del teatro. Cuando digo: “Me llamo Lito, pero ahora estoy haciendo de Peer Gynt”, sólo me pongo la peluca y soy Peer Gynt. Son maneras de contar, en donde yo no me oculto, sino que digo “yo soy yo, pero, cuando hago esto, soy yo haciendo como si fuera Peer Gynt”. Ahí me introduje en todo el tema del “como si fuera” y me di cuenta de que, en general, el ser humano vive “como si”. Un tipo que va a buscar trabajo actúa como si fuera un hombre inteligente y un buen empleado, sino no consigue el trabajo. Entendí que, desde que empieza a tener vida social, el ser humano hace muchas cosas “como si”.

A Robert De Niro le has elogiado su invisibilidad en la actuación, es decir, el hecho de no aparecer como actor, sino que el personaje aparezca a través de él…
- Exacto. La idea es: “Yo soy invisible para que aparezca el personaje”. Por ejemplo, cuando uno ve el trazo de un pintor, se dice “¡qué bien pinta!”, pero lo que quiero ver yo es la rama del árbol. Por decirlo de alguna manera, el trazo es invisible, porque lo que para mí prima es lo que el pintor nos quiere contar, que es la rama de ese árbol. Entonces, cuando De Niro hace Raging Bull [Toro salvaje] y engorda para el rol, yo veo al personaje, pero de la manera que lo cuenta De Niro. Pero tan perfecto es lo que hace, que el personaje ingresa en mi imaginación de espectador, y De Niro desaparece. Los dos tenemos una gran pasión por la actuación. Él me decía que “el tema era soltar los cinco sentidos a la luz”, dentro del “como si”. Por lo sentidos entran las impresiones; la cabeza elabora, no digita la realidad, la clasifica, y esa realidad clasificada va a la emoción y luego sale por los sentidos, que son la fuerza de la vida. Los sentidos al entrar a la realidad te producen reacciones, esas reacciones cuentan como pensar la realidad. Entonces las reacciones de Hamlet no son las mismas que las mías, pero yo reacciono como si fuera Hamlet.

Es la fe poética que tiene uno en el rol actoral del otro…
- El artista es invisible porque lo que quiere mostrar es la realidad. No se quiere mostrar él mismo, sino el egocentrismo aparecía demasiado en escena. Entonces, se dice: “que bien actuás, que bien cantás, que bien pintás”, pero eso no me importa, porque yo sólo quiero ver qué cuento me querés contar.

Dice Alejandro Dolina en Crónicas del Ángel Gris:
“Existen pocos datos acerca de los Narradores de Historias. Nunca se supo de donde venían aquellos hombres vestidos de negro. Llegaban en bicicleta al anochecer y recorrían la plaza canturreando un pregón suave.
 Historias, historias… ¿quién quiere oír una buena historia?”

¿Cuáles son las historias que te interesan contar?
- No lo sé. Creo que en cada época de mi vida aparecieron necesidades. Como ahora apareció la del tango –la del sueño del milonguero–, cosas que ni pensaba. Pero de pronto, un día recordé que mi padre se puso corbata negra el día que murió Gardel y no se la sacó nunca más, y también que mi madre bailaba maravillosamente el tango. Me dije que le iba a hacer un homenaje a mi viejo, porque se vestía y se peinaba como Gardel. Al aparecer esta necesidad de hacerle un homenaje, apareció la manera de articularla: bailando. Y me pregunté ¿Cómo lo rodeo de textos que digan por mi lo que yo quiero decir? Entonces tomé textos de Dolina, Borges y Fontanarrosa que expresaban lo que pensaba de una manera más poética y más contundente de la que puedo expresar con mi gramática o con mi lenguaje.

 Contar una historia a través de los otros…
-         A través de los otros, porque necesito un valor literario que yo no tengo y lo tienen ellos. Entonces tengo que tomar aquello que expresa mejor lo que me pasa. Podemos hablar sobre la muerte, pero Borges dice: “La muerte es una costumbre que suele tener la gente”. Nombra a la muerte de una manera tan particular que si bien es un pensamiento que lo tomé como propio, jamás podría expresarlo de esa manera. Lorca dice: “Tenía tanta alegría, que me cabía el campo en la boca”. A partir de esto se construye un valor literario.
El teatro nos brinda la posibilidad de poder imaginarnos otras vidas, proyectar historias, hacernos pensar, emocionarnos y crear la mejor versión de uno mismo junto a los otros.

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